Recientemente, la nutricionista española Andrea Urizar ha lanzado una advertencia sobre el hábito generalizado de consumir cerveza, señalando que considerarla una ‘bebida inofensiva’ entraña grandes riesgos para la salud. Especialmente en verano o en reuniones sociales, el patrón de beber una caña tras otra puede suponer una carga inesperada para el organismo.
La doble carga de la cerveza: alcohol y carbohidratos
La nutricionista Andrea Urizar señala que la principal diferencia entre la cerveza y otras bebidas azucaradas es que contiene tanto alcohol como carbohidratos. Advierte que cuando se consume cerveza de forma continuada como si fuera una bebida refrescante para calmar la sed, se ignora la doble presión que ejerce sobre el sistema metabólico. Este patrón de consumo no solo conlleva los efectos negativos del alcohol, sino que también añade una fuente extra de calorías.
Cómo procesa el cuerpo el alcohol: se obstaculiza el metabolismo de las grasas
Cuando el alcohol entra en el cuerpo, el hígado lo prioriza para su metabolización. Este proceso interrumpe o ralentiza otras funciones metabólicas normales, especialmente la descomposición y utilización de las grasas. Por lo tanto, las calorías ingeridas al beber, incluidas las de los carbohidratos de la propia cerveza, se convierten más fácilmente en grasa y se almacenan, especialmente en la zona abdominal, dando lugar a la conocida ‘barriga cervecera’. Esto explica por qué, aunque la graduación alcohólica de la cerveza no sea alta, su consumo prolongado y en grandes cantidades puede provocar un aumento de peso significativo y cambios en la composición corporal.
Riesgos a largo plazo: de indicadores sanguíneos anómalos al síndrome metabólico
La nutricionista Urizar advierte además que la amenaza para la salud del consumo prolongado y excesivo de cerveza va mucho más allá del aumento de peso. Observaciones clínicas han demostrado que los bebedores habituales suelen presentar niveles elevados de triglicéridos y ácido úrico en sangre. El aumento de estos indicadores es una señal de desorden metabólico y puede presagiar problemas de salud más graves, como el hígado graso, la acumulación excesiva de grasa visceral y la resistencia a la insulina, siendo este último un factor de riesgo importante para el desarrollo de la diabetes tipo 2. Por ello, recomienda que las personas con un hábito de consumo regular de alcohol se sometan a revisiones médicas periódicas para vigilar de cerca indicadores bioquímicos clave como los triglicéridos, el ácido úrico y la hemoglobina glicosilada (HbA1c).
La clave del problema: la cantidad y la frecuencia, no la cerveza en sí
Es necesario aclarar que calificar la cerveza como ‘la bebida más tóxica’ es una exageración destinada a alertar al público, no una conclusión científica estricta. Andrea Urizar y otros expertos en salud subrayan que el verdadero riesgo para la salud reside en la cantidad total de alcohol consumido y en la frecuencia de su ingesta, y no tanto en el tipo de bebida. Ya sea cerveza, vino o licores de alta graduación, el consumo excesivo es perjudicial para la salud. El público no debe bajar la guardia por la graduación alcohólica relativamente baja de la cerveza; desarrollar el hábito de beber a diario o en grandes cantidades de una sola vez también conlleva riesgos significativos acumulados para la salud.