Reconfigurando la distribución en la era de la IA: ¿qué revelan las diferencias en el empleo público entre España y China?
A medida que la inteligencia artificial y la automatización penetran en todos los sectores, surge una pregunta fundamental: una vez que la productividad social aumente drásticamente, ¿cómo debería distribuirse la nueva riqueza para mantener la estabilidad y vitalidad de la economía? El análisis comparativo de los modelos de empleo público de China, España y los países nórdicos ofrece un punto de referencia para este desafío futuro.
La proporción de empleo público: una realidad contraria a la intuición
Existe la impresión generalizada de que China tiene un sector público enorme. Sin embargo, los datos, bajo criterios de medición relativamente homogéneos, muestran que la proporción de empleados del sector público financiados directamente por el erario público sobre el total de la población ocupada en China es significativamente menor que en muchos países desarrollados de Europa.
Según estimaciones basadas en el “Informe Anual del Fondo Nacional de Previsión para la Vivienda de 2023” de China, los empleados en órganos estatales e instituciones públicas representaron alrededor del 6,5 % del total de la población ocupada del país en 2023. En comparación, el informe “Government at a Glance 2023” de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) muestra que el empleo directo en el sector público de España representa aproximadamente el 15 %, mientras que en países nórdicos como Noruega y Suecia esta cifra alcanza entre el 27 % y el 30 %.
Esta diferencia revela distintos modelos de asignación de recursos sociales. España y los países nórdicos destinan una mayor proporción de la riqueza social, a través de su sistema fiscal, a servicios públicos como la educación, la sanidad y las pensiones, empleando al personal necesario para ello y logrando así una redistribución de la riqueza. Esto demuestra que la función principal de su sector público no es solo la administración, sino también la provisión de amplios servicios y garantías sociales.
La IA subvierte el viejo modelo: de “crear empleos” a “distribuir los frutos”
Cada revolución tecnológica ha seguido el patrón de “desaparición de viejos empleos, creación de nuevos”, pero el auge de la inteligencia artificial general (IAG) y los robots con inteligencia corpórea podría romper este ciclo. Las máquinas del pasado eran herramientas especializadas, mientras que la IA está incursionando en campos que requieren capacidades cognitivas complejas, juicio y aprendizaje, desde la programación de software hasta el análisis profesional, con un alcance mucho mayor que antes.
Los estudios predicen que casi el 40 % de los empleos a nivel mundial se verán afectados por la IA, una proporción que podría alcanzar el 60 % en las economías avanzadas. Cuando la IA se encargue del trabajo cognitivo y los robots de las tareas físicas, será difícil para los trabajadores humanos encontrar un nuevo sector lo suficientemente grande, y al que las máquinas no puedan acceder, para absorber toda la mano de obra desplazada. Esto significa que la piedra angular de las políticas sociales del futuro ya no puede ser la suposición optimista de que “siempre habrá suficientes empleos nuevos”, sino que debe enfrentarse a la realidad de que “los puestos de trabajo podrían no ser suficientes”.
En ese punto, el principal conflicto social pasará de la escasez de producción a la mala distribución. Si la enorme riqueza generada por las máquinas fluye principalmente hacia unos pocos propietarios de capital, mientras la mayoría de la población pierde su poder adquisitivo al quedarse sin trabajo, la economía caerá en una trampa de “exceso de producción” y “demanda insuficiente”.
Las lecciones del modelo español: construir un segundo puente más allá del “empleo-ingresos”
La proporción de empleo público en España, de alrededor del 15 %, aunque inferior a la de los países nórdicos, ya refleja un importante mecanismo social. Construye una vía de circulación alternativa a la cadena de distribución “empleo-ingresos” dominada por el mercado: la riqueza creada por empresas y particulares se recauda a través de impuestos y luego retorna a la sociedad en forma de servicios públicos (como sanidad y educación públicas) y salarios para los empleados del sector público.
Este modelo cumple una doble función: por un lado, reduce la dependencia de los ciudadanos de sus ingresos personales para cubrir necesidades esenciales; por otro, crea empleo y demanda de consumo estables para la sociedad. Este sistema garantiza, en cierta medida, que incluso si una persona no logra acceder a los sectores más lucrativos del mercado, su bienestar básico y su dignidad queden protegidos.
En esencia, es una especie de “segundo puente” que conecta los frutos de la producción con la vida de la gente corriente, complementando el “primer puente” que es el salario. Reconoce que la distribución de la riqueza social no debería depender exclusivamente de si un individuo tiene o no un empleo en el mercado.
Mirando al futuro: de “garantizar empleos” a “garantizar a las personas”

De cara al futuro, a medida que la automatización se extienda también a los servicios públicos, la simple expansión o mantenimiento de la proporción de empleo público no será la solución definitiva. El enfoque de las políticas debe evolucionar de “garantizar puestos de trabajo” a “garantizar directamente a las personas”. Esto implica la necesidad de establecer un sistema de seguridad social universal que no dependa por completo de la condición de empleado.
Para un país como China, que está desarrollando rápidamente la IA y la automatización, es crucial diseñar estos sistemas con antelación. Las posibles direcciones políticas podrían incluir:
- Establecer una red de seguridad social universal: Impulsar sistemas de sanidad, pensiones y desempleo para que pasen de estar centrados en la “entidad empleadora” a estar centrados en el “individuo”, asegurando que las personas sigan teniendo una protección básica durante los períodos de desempleo o transición profesional.
- Explorar mecanismos de reparto de los beneficios de la automatización: Estudiar cómo transformar los beneficios extraordinarios de la automatización en un dividendo social compartido por todos, a través de impuestos sobre las ganancias de capital, fondos de riqueza soberana o proyectos piloto de renta básica en áreas específicas.
- Reorientar el gasto público: Desplazar más recursos fiscales desde la inversión en infraestructuras para “garantizar el crecimiento” hacia la mejora de la seguridad social para “garantizar el bienestar de la población”, construyendo una base de demanda interna más sólida al aumentar los ingresos y la seguridad de los ciudadanos.
En última instancia, el gran reto del desarrollo en la era de la inteligencia artificial debe pasar de “cómo producir más” a “cómo distribuir bien lo que ya se produce”. Asegurar que la prosperidad creada por las máquinas se traduzca en seguridad y dignidad para toda la sociedad es la clave para que el progreso tecnológico sirva verdaderamente al bienestar humano.